En
las webs pueden cruzar
al día hasta seis
millones
de transacciones, 15
veces más que en la
Bolsa
de Londres. Se mueve
cada minuto 3.000 euros
en
apuestas.
Gran Bretaña, Gibraltar
y países como Austria o
Malta son una excepción
en su permisividad. Pese
a la intención de la
Comisión Europea de
respetar la libre
prestación de servicios,
el
juego online
es mal visto por casi
todos los Estados,
temerosos de que reste
ingresos a sus
monopolios de
juegos. En EE
UU está prohibido por la
presión de los
casinos. España
no cuenta con una
legislación, por lo que
muchos discuten la
legalidad de las
apuestas.
El Parlamento de España con la unanimidad de todos los partidos, aprobó en diciembre del año pasado, una disposición dentro de la Ley de Impulso a la Sociedad de la Información en la que se comprometía a sacar adelante una legislación, aunque no fijaba plazos. Se ha regulado al mismo tiempo las casas de apuestas físicas y las online. Para conceder licencias a estas últimas se les exige que tengan una unidad central en la región y que homologuen sus sistemas informáticos para permitir el control de las autoridades.
El director de Gestión de Juego de Madrid, Edmundo Ahijón, reconoce que “no se pueden poner puertas a Internet” pero reivindica el derecho a hacer valer las competencias sobre juego. Detrás de ese ánimo regulador también late un afán recaudatorio, ya que la comunidad se llevará el 10% de las ganancias. Y es que las casas online que operan en España, tienen ingresos por encima de los 200 millones de euros, no pagan impuestos aquí. Las casas de apuestas online devuelven casi todo el dinero en premios. Se quedan con una comisión que oscila entre el 2% y el 5% de lo ganado por el jugador o de lo apostado.
Como no hay ninguna ley todavía claro, en muchos países que hablan español (España, América Central y del Sur) es legal jugar en casino en línea.










